domingo, 10 de julio de 2011

UN DIA COMO HOY - EL REY LEAR

UN DIA COMO HOY
Hoy es un gran día, cumplo 18 años, se supone que soy “toda una mujer”, de eso no estoy muy segura todavía, pero al menos soy oficialmente “mayor de edad.”
Como no quiero olvidar lo maravilloso de mi infancia para traspasarlo a mis futuros hijos, después de hoy se supone que ya puedo ir pensando en ellos, claro…después de haber encontrado un novio dispuesto a ser tan buen padre como existen algunos en la realidad y muchos otros en los cuentos, pero por el momento voy a analizar todas las historias que  noche a noche escuché de mi  mamá o de mi abuela  y en muy contadas ocasiones también de mi papá, las que lograban mantenerme despierta mucho más tiempo porque eran todas llenas de aventuras, de peligros, de tierras desconocidas y de extraños personajes.
Pensándolo bien, creo que recibí una buena dosis de lecciones de vida por ese medio.
El Rey Lear de Shakespeare, era uno de mis favoritos con sus  tres hijas, algunas…dispuestas a alabarlo al máximo con tal de ser  designadas para ocupar el trono. ¿Adivinan quién era el narrador? Mi papá.
Claro, ahora recapitulando, estoy segura de haber pedido varias veces que me lo contaran porque recuerdo haber catalogado al protagonista de muchas maneras: de malo, de idiota, de déspota, de débil, de ingenuo, de gruñón y que se yo cuantas cosas más.
La primera vez que escuché la pregunta decisiva, aquella que otorgaría el sitial máximo  a una  de las 3 jovencitas, recuerdo haberme comido las uñas por primera vez, aquí la voz del cuentacuentos de turno se tornaba gruesa y fuerte y sonaban las siguientes palabras en mi cuarto haciéndome temblar:
¡Quiero saber cuánto me quieres hija mía! Decía el rey  esta vez a la mayor.
 Ahora, la misma pregunta a la mediana y por último a la menor.
Las respuestas no se hicieron esperar, mis uñas seguían desapareciendo descuartizadas por mis dientes.
Las dos primeras respuestas se dejaron oír cargadas de elogios y más elogios.
La tercera, fue mucho menos llamativa, esa voz que se esmeraba en ser suave para cumplir con el rol que desempeñaba en ese momento, dejó escapar unas palabras muy sinceras las que lamentablemente no fueron del agrado  del monarca. Insisto en llamarle así, porque le quedaba entonces muy poco tiempo para disfrutar de tal privilegio.
“Te quiero tanto como cualquier hija a su  padre.”
Realmente esta chica no sabía nada de publicidad porque “raspó” la materia completita. Aquí no era asunto de tonalidades, sino de algo mucho más importante. Le faltó una Hada Madrina que la aconsejara, pudo haber dicho lo mismo, no estoy en contra de la sinceridad, pero si en la forma de decirlo, creo que tampoco se supo desempeñar en diplomacia, mmm…que desastre.
 En aquella ocasión, ya  estaba mi abuelita llegando con un platito con  ajo y pimienta machacados donde la punta de mis deditos sufrieron una buena dosis de giros violentos para que ni se me ocurriera volver a “comerme las uñas” porque se me iban a perforar las tripas.
Pensándolo bien, era la primera vez  entonces que  lo escuchaba, por lo que desconocía el final ¿cómo pretendía mi abuelita que no estuviera nerviosa?
Bueno, para hacer el cuento más corto, aquí tendré que meter a los dos varones también, porque no sólo tenía el rey “problemitas” con las féminas, sino que además con  sus dos caballeros, el primero legitimo y el segundo ilegitimo, quienes pertenecían a “la misma Liga de los Problemas” y para colmo, nunca entendí porque no estaban ellos  en la lista de los interrogados sobre sus sentimientos para acomodarse en el trono.
 El bueno de Edgardo, su hijo legítimo y el perverso de Edmundo quien bajo toda suerte de intrigas espeluznantes, sacó “del ruedo” a su medio hermano con lo cual le fue mucho más fácil tejer toda suerte de barbaridades para manejar al rey.
Con esto salvamos nosotras las mujeres la “reputación de cuaimas” (dicho en buen criollo), porque ya vimos que ellos   también le dieron tremendos dolores de cabeza.
Volviendo a nuestro rey,  nunca me quedó claro si dejó de serlo antes o después de  traspasar el umbral de su castillo para refugiarse en el bosque  al  ser  traicionado por sus dos hijas mayores Goneril y Regan tan pronto sus respuestas fueron aprobadas y se ejecutaron ciertos tramites burocraticos. Como comprenderán,  Cordelia…no tuvo mejor suerte en ese momento.
Claro, como entonces no había ni  teléfonos ni mucho menos celulares y ni que decir de GPS,  por lo que sobra decir que no se encontraron sino hasta transcurrido un buen tiempo en el cual la hija menor había tenido una mejor suerte que el anciano y pudo acogerle con el mismo cariño que “cualquier hija pudiera sentir por su padre” cuando las circunstancias lo llevaron cual mendigo y ciego para colmo hasta su palacio.
Esta historia y muchas otras las traspasaré a mis futuros hijitos para que no se pierda la tradición.
¡Ah! Cualquier situación parecida…es mera coincidencia.
Así suelen poner los escritores…


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